Sexo en público ¿Te atreves? Mi amiga sí

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Muchas veces ante la pregunta de dónde nos gustaría tener sexo solemos elegir lugares públicos. Un poco por el morbillo que despierta. Cierto, básicamente porque es excitante saber que estamos en un espacio libre donde si hubieran personas no nos atreveríamos a hacerlo.

Sin embargo muchas veces no nos ha quedado más remedio que correr el riesgo cuando hemos estado en el coche de nuestro novio y pese a estar en una playa, lo hemos terminado haciendo. Lo normal, vamos, a cualquiera le puede pasar. Yo me ruborizo.

Una amiga mía tiene, eso que se le llama fetiche. Y es que dice que solo le gusta hacer el amor en lugares públicos. Le encanta los lavabos de los cines. En mitad de la peli coge a su novio de la mano y lo lleva. Dice que para ella es una sensación increíble, maravillosa. Que después de eso se queda como nueva. Y si mientras tiene sexo viene alguien más al lavabo su excitación se incrementa. No sé si sea verdad, pero asegura que a ella le pasa eso. Y que es una condición que les pone a todos los novios cuando inician una relación, al punto que se conoce los lavabos de bares y lugares de ocio de la ciudad, según cuenta nunca la han pillado. No sé si creerle pero cada vez que me cuenta eso me excita. Me dan ganas de ser ella. De tener ese valor. Esa capacidad. Esa especie de instinto animal para el sexo

Dice que también le gusta el sexo en los probadores de las tiendas de ropa. Y que es muy fácil hacerlo ahí, eso sí, se trata de hacer algo rápido, y lo que ella hace es entrar con mogollón de ropa, luego de eso pide al encargado de los probadores que si puede dejar pasar a su novio para que la mire. El encargado dice que no hay problema y entonces el novio es quien la viste, él es quien le pone y le quita las prendas y en medio de todo eso: jamón.

Imaginar a mi amiga en esa circunstancia me pone. Principalmente porque está muy buena. Tiene un cuerpo increíble. Va al gimnasio tres veces por semana. Muchos hombres la desean, muchas mujeres incluso estarían dispuestas a acostarse con ella.

También le excitan los lavabos de los aviones y los vagones de trenes de largo recorrido. Dice que ahí es mucho más entretenido, sobre todo cuando es tarde por la noche. No hay nadie. Y esa soledad, ese vacío entre el paisaje que se aprecia por la ventanilla y el ruido casi ensordecedor del tren siembran en ella una sensación exquisita, la misma que se vuelve contagiosa con algunos de sus novios, que han aprendido a entenderla y a desearla más que a nadie en la vida porque es un secreto que ella lo confiesa una vez que hay confianza claro. Antes no. Antes de eso ella es una educada jovencita con ganas de casarse y tener hijos como las demás.

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